Tratado Ciudadano

Por Micki Archuleta

Introducción: La promesa inacabada

Soy estadounidense, no solo por geografía, sino por herencia y por lucha. La sangre que corre por mis venas lleva el legado de revolucionarios, nativos americanos, colonizadores españoles y todo el experimento desordenado que es Estados Unidos.

Crecí con la promesa de la ciudadanía, la idea de que la Constitución nos pertenece a todos, que la justicia y los derechos son el derecho de nacimiento de cada persona bajo esta bandera.

Pero esa promesa, he aprendido, está plagada de obstáculos. Su cumplimiento siempre es parcial. La distancia entre nuestros ideales y nuestras prácticas no es un error; es la característica más persistente del sistema.

I. El ideal: realidad objetiva y derechos universales

Filósofos como Karl Popper creían que la realidad objetiva —la verdad, aunque sea provisional— puede ser descubierta, probada y compartida. Ese fue el sueño de la Ilustración y de los fundadores de Estados Unidos.

La Declaración de Independencia, escrita por Thomas Jefferson (el más liberal de los fundadores), incluso contenía un párrafo contra la esclavitud:

“Ha librado una guerra cruel contra la propia naturaleza humana, violando sus derechos más sagrados de vida y libertad en las personas de un pueblo distante que nunca lo ofendió, capturándolos y llevándolos a la esclavitud en otro hemisferio, o haciéndolos incurrir en una muerte miserable en su transporte hasta allí… Decidido a mantener abierto un mercado donde los hombres debían ser comprados y vendidos…”

Pero esa visión fue comprometida por el conservadurismo de los otros fundadores; la cláusula antiesclavista fue eliminada.

La Constitución que siguió no fue una declaración radical de derechos; fue un compromiso, un documento conservador diseñado para unir a los estados, incluidos aquellos basados en la esclavitud.

II. La realidad deshecha: la astucia, el poder y el auge del posmodernismo

A medida que avanzaba el siglo XX, la fe en la verdad objetiva se debilitó. Popper murió con su teoría del conocimiento objetivo inconclusa.

Michel Foucault ganó prominencia, deslumbrando a la academia con sus observaciones sobre el estado de vigilancia y las relaciones entre poder y conocimiento. Su brillantez reveló los mecanismos sutiles que nos disciplinan y controlan, pero también desató una moda intelectual que valoraba la astucia por encima de la practicidad.

En las universidades, la producción de observaciones ingeniosas se convirtió en un fin en sí mismo. La teoría crítica perdió contacto con las realidades vividas de las personas a las que decía servir.

Si Trump fue rechazado por Harvard, yo fui rechazado por Joan Burbick de WSU por insistir en la realidad objetiva —y por mi propia lucha, muy real y humana, con la enfermedad mental. La astucia y la observación aguda pueden iluminar la cultura, pero no sustituyen la sabiduría ni la justicia.

III. La democracia abandonada

Jürgen Habermas soñaba con una democracia perfecta: una situación ideal de discurso donde todas las voces pudieran ser escuchadas y el consenso alcanzado mediante la razón. Pero esa visión también fue abandonada, ya que la democracia estadounidense decepcionó a sus hijos intelectuales.

Watergate. El perdón a Nixon. La invasión de Irak por un crimen cometido por saudíes. Las traiciones constantes en América Latina. Estados Unidos, “la ciudad en la colina”, fracasó una y otra vez en cumplir con su autoimagen.

La desilusión se apoderó de la academia y de los corazones de los ciudadanos.

Los hijos de la libertad, resulta, también se tendieron trampas a sí mismos.

IV. Lo local y lo personal: la ciudadanía en la práctica

Hoy en día, las grandes luchas por los derechos y la justicia se desarrollan a nivel de condado, no solo en Washington. Más de 3,000 alguaciles elegidos en Estados Unidos tienen un enorme poder en dar forma a nuestra experiencia diaria de la ley, el orden y la Constitución. Cuando se pisotean los derechos, cuando los partidarios armados amenazan nuestra democracia, la lucha es local.

Si te importan tus derechos —la promesa de la ciudadanía— no mires solo a Washington. Llama a tu alguacil. Recuérdales que su juramento es con la Constitución, con todas sus enmiendas y con los derechos de cada ciudadano.

La justicia, como la democracia, es algo que debemos exigir, una y otra vez, en cada generación.

V. Mi postura: contra la crueldad, por la realidad

Aristóteles afirmó que la pobreza es la madre de la revolución y el crimen.

Pero yo sé más: nacido en la dificultad y habiendo caminado tanto por la pobreza como por el privilegio, he visto que es la riqueza la que tan a menudo engendra crueldad, corrupción e injusticia.

La pobreza no hace peligrosas a las personas; la exclusión, la acumulación de poder y el desprecio por la ciudadanía sí lo hacen.

No pido un trato especial. Como Frederick Douglass —cuya libertad fue comprada por amigos y cuya ciudadanía fue finalmente reconocida tras una lucha incansable—, pido mis derechos como ciudadano.

Que mi comunidad asuma la responsabilidad de brindar acceso significativo a personas como yo.

Quiero toda la Constitución.

No solo la versión de fantasía, no solo la versión para los privilegiados, sino cada enmienda, cada promesa, aplicada para todos nosotros.

Quiero mis derechos de ciudadanía.

Conclusión: El ajuste de cuentas

La promesa de América es un asunto inacabado.

La verdad objetiva importa. La democracia también.

Pero la astucia, la observación y la crítica deben servir siempre a un propósito superior: hacer realidad los derechos y la dignidad de las personas reales, en comunidades reales.

He visto los límites tanto de la filosofía como de la política. He vivido la exclusión, he luchado por el acceso y he exigido mi lugar en la mesa.

Este es mi ajuste de cuentas. Esta es mi América.

Quiero toda la Constitución, y quiero mis derechos de ciudadanía—aquí, ahora y para todos.

En la ciencia, el efecto del observador se refiere al fenómeno por el cual el acto de observar o medir algo puede alterar aquello que se está observando. Es famoso en la física cuántica, donde simplemente observar una partícula puede cambiar su estado. Algunos han utilizado esta idea para argumentar que la realidad objetiva es esquiva o incluso imposible, que todo es subjetivo y depende de la perspectiva de quien observa.

Pero esta interpretación pasa por alto un punto esencial: todos somos potenciales observadores. El efecto del observador no significa que la realidad sea puramente personal o incognoscible; significa que la realidad responde a la observación, y cualquiera, en principio, puede ser un observador. Lo que importa no es lo que piensen los que no participan o son indiferentes, sino que cualquier persona, si se le da la oportunidad, puede formar parte de la observación, la comprobación y el debate abierto. Por eso, todavía podemos defender la existencia de una realidad objetiva: el conocimiento no está encerrado ni reservado solo para unos pocos. Es abierto, público y comprobable por todos.

Esta misma lógica se aplica a la democracia. La legitimidad y la fuerza de una democracia crecen con el número de participantes comprometidos: cuantos más observadores, mejor. Cuantas más personas estén dispuestas y sean capaces de presenciar, cuestionar y aportar, más cerca estaremos de la verdad y la justicia, no solo en la ciencia sino también en la vida pública. La objetividad y la democracia prosperan gracias a la participación, la transparencia y la invitación constante a observar por uno mismo.